Concierto Político: Historia del Pequeño Nazi Max

Por Bibiano Moreno Montes de Oca

Si bien es cierto que algunas de las atrocidades que se le atribuyen a los nazis tienen mucho de fantasioso, lo cierto es que existen hechos que superan ampliamente cualquier ficción. Hay muchos ejemplos al respecto, pero abordaré aquí uno por sus características especiales: el del programa Lebensborn, creado en Alemania por Heinrich Himmler en 1933, y llevado más tarde –entre 1940 y 1941— a los países ocupados durante la Segunda Guerra Mundial.

El programa en sí consistió en germanizar a los niños que nacieron en esa época, lo que significaba mejorar la raza aria que era orgullo del líder nazi, Adolf Hitler, incluida otras “inferiores” que podían “mejorarse”, como las de origen noruego, polaco, austriaco, belga, ucraniano y francés. De hecho, se estima que unos 8 mil nacieron en los centros del Lebensborn de Alemania, entre 8 mil y 12 mil en Noruega y cientos más en Austria, Bélgica y Francia.

Para poder hacer más accesible la historia, empero, la escritora francesa Sarah Cohen-Scali –judía— escribió una novela con el sencillo título de Max, que resulta conmovedora, tierna, brutal, violenta, impactante, considerando que la narración la hace en primera persona un pequeño nazi desde poco antes de nacer –aún en el vientre de su madre—, el 20 de abril de 1936, y a lo largo de sus casi diez años de edad en los que nos da su versión –execrable en la mayor parte de su discurso— desde su muy peculiar punto de vista.

Ese niño es Max, aunque ese sólo es el nombre que le gustaba a su madre, a la que nunca conoció por ser el resultado de una joven mujer que se acopló –en sus días fértiles— una sola noche con un oficial de la SS, pues en su fe de bautizo –al que asiste Hitler en persona— queda registrado como Konrad von Kebnersol. A partir de su nacimiento, el mismo día en que también cumple años el Führer, la trama de Max resulta fascinante por todas las revelaciones que son el producto de una profunda investigación histórica hecha por la autora.

De manera, pues, que Max/Konrad es el que lleva la batuta durante toda la historia. Pero vaya que tiene recursos literarios para expresarse bien ante sus hipotéticos interlocutores hacia los que se dirige, aun cuando en varias de las facetas de su vida –aparte de su breve estancia en la matriz— apenas es un bebé, hasta alcanzar la culminación a la edad de nueve años y medio. Al respecto, el propio Max/Konrad lo explica en sus propias palabras: “Y creo que en tiempos de guerra, para un niño, los años cuentan el doble”.

El discurso racista del niño, por supuesto, es el de un nazi que desde su nacimiento es educado para sentirse superior: es blanco, rubio y de ojos azules, el ideal de la raza aria que Hitler describe entusiastamente –en la realidad— de la siguiente manera:

“Educaremos a una juventud ante la que el mundo temblará. Una juventud violenta, imperiosa, intrépida, cruel. Así es como la quiero. Sabrá soportar el dolor. En ella no quiero encontrar nada débil ni tierno. Quiero que tenga la belleza y la fuerza de las fieras jóvenes. La adiestraré en todos los ejercicios físicos. Ante todo que sea atlético: es lo más importante. Así es como restableceré la inocencia y la nobleza de la naturaleza. No quiero ningún tipo de educación intelectual. El saber no hace más que corromper a mis juventudes”.

A pesar de haber sido raptado por una prisionera y estar a punto de morir por haber permanecido ocultos durante varios días junto a ella –ya muerta—, apenas bebé de brazos, a los cinco años Max/Konrad es incorporado (haciéndose pasar por un pequeño polak) a una operación que consiste en el robo de niños polacos susceptibles de ser germanizados en una suerte de escuela en la que se dan clases de superioridad, que tienen como fin hacer escarnio de la raza judía.

Aquí va un ejemplo del tipo de “enseñanza” que se daba a los alumnos en la clase de cálculo, en los que Max/Konrad  resuelve problemas como el siguiente: “Por su cumpleaños, la madre de Helmut ha pedido un pastel. Si durante la noche los judíos saquean la pastelería y roban tres cuartos del pastel, ¿cuánto pastel quedará para la fiesta de Helmut? El resultado es evidente, por lo menos a mí me parece evidente… Al pobre de Helmut sólo le queda un cuarto de pastel”.

Otro ejemplo: “una bolsa contiene treinta dulces, un judío roba veinticinco de ellos, ¿cuántos quedan en la bolsa? Quedan 30 – 25 = 5. ¡Facilísimo!”

A la mitad de la novela, la historia de Max/Konrad da un giro inesperado: conoce al polaco Lucjan (un polak, como despectivamente se refieren los nazis a los originarios de Polonia), cuyo nombre ya germanizado se transforma en Lukas. El joven unos seis años más grande que él, podría pasar por su hermano mayor: es blanco, pelo rubio, ojos azules, salvo por un pequeño “inconveniente”: es judío, lo que al pequeño le parece aberrante, pues supone que sólo los alemanes reúnen juntas todas esas cualidades físicas.

Al final, a ambos los hacen pasar por hermanos cuando entre ellos nace un vínculo indisoluble y son enviados a otro centro de adiestramiento para los arios, que son el orgullo de los nazis.

A pesar de los desencuentros entre los dos jóvenes, que actúan como si fueran  verdaderos hermanos, la historia nos lleva a otra realidad que durante mucho tiempo fue ocultado al mundo: la “liberación” de las tropas rusas del yugo nazi en la ciudad de Berlín no fue tan heroica como siempre se creyó. No sólo en la novela Max, sino en algunas otras publicaciones recientes, se ha revelado que los llamados Iván robaron a los “liberados”, violaron a las mujeres (en otro volumen se asegura que también a jovencitos, aunque no a los niños) y asesinaron a todo germano que creían que era oficial de la SS.

A la pregunta en un alemán defectuoso: “Du, SS? (¿Tú, SS?), los soldados de Stalin asesinaban a todo el germano que les parecía sospechoso. Otra triste realidad que nos recuerda que todas las guerras son absurdas, injustas e inútiles. Y todo está condensado en la extraordinaria novela Max, que fue premiada en 2013 en Francia

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