CONCIERTO POLÍTICO: Renglones torcidos

de psicólogoPor Bibiano Moreno Montes de Oca

Una novela del gachupín franquista Torcuato Luca de Tena lleva un título que se refiere a los locos con un subterfugio decoroso y ecos místicos: Los renglones torcidos de Dios. Renglones torcidos, en efecto, son aquellos que no andan bien de la azotea, que se les salta la cadena o que se creen descendientes de Napoleón, como también se les suele denominar a los locos, orates o dementes.

Ahora que estamos en plena campaña ya no es posible aplicarlo, pero sería muy conveniente que fuera obligatorio que los candidatos a diversos cargos de elección popular, además de presentar sus declaraciones patrimoniales, fiscales y de no conflicto de intereses –aparte del antidoping y la prueba del polígrafo—, se incluyera el de no tener o haber tenido problemas mentales, pues un hombre así, investido de gran poder, resulta amenazador.

Hay dos casos que me han llamado la atención en estos últimos días: si bien no se trata de personajes a los que se les pueda calificar de locos, sí han mostrado, empero, ciertos rasgos de ser una amenaza para la sociedad. Y es que no se requiere que alguien necesariamente sea un demente para convertirse en peligroso, sino que puede bastar con ser un resentido social que arrastra traumas desde la infancia y que supone que todos estamos en deuda con él.

Un candidato como el panista Jorge Luis Güicho Domínguez Preciado Rodríguez, que aspira a ser titular del Ejecutivo en la entidad, mostró rasgos de peligrosidad durante el encuentro –que no debate— que hubo recientemente entre los ocho postulantes, donde, al tiempo que descargaba el puño con fuerza en el atril para hacer énfasis, con odio y amargura aseguraba que, así como había sido diputado local, diputado federal y senador de la República, también sería el próximo gobernador del estado.

Si a la afirmación anterior se agrega que el tipo la había dicho con el rostro cubierto con una máscara, el cuadro patológico de Jorge Luis está completo. Por esa razón, infiero, el psicólogo Miguel Castillo Ensch diagnosticó que el abanderado del PAN a la gubernatura del estado es “megalómano y mitómano”, aunque es obvio que lo dijo de la manera más diplomática posible, pues bien pudo haber agregado que también es un esquizofrénico y un paranoico.

En fin: de los ocho candidatos a gobernador del estado, postulados por los diferentes partidos, sólo Güicho Domínguez Preciado mostró a los colimenses su vena agresiva, cerril y primitiva. Allá aquellos que le den su voto de confianza a alguien que sí es un peligro para Colima. (Es una mezcla de Vicente Fox y de Andrés Manuel López Obrador; o sea, un coctel explosivo).

El otro caso que también llama la atención es más dramático, pues se trata de un sujeto que ya ocupó el cargo la mayor parte del periodo constitucional, aunque de momento se encuentra sin fuero, pero lo quiere recuperar a toda costa. En efecto, me refiero a Esteban Machete Kill Meneses Torres, al que tuvieron que licenciar como diputado local por haber agredido a una joven mujer con un machete.

Lo menos que podían haber hecho los integrantes de la 57 Legislatura local era haber echado a patadas a Machete Kill Meneses que, en la medida en la que ve que sus posibilidades de regresar a su cómoda curul son cada vez más lejanas, ha ido dando muestras de ser más y más peligroso para la sociedad. Así, la careta de gente respetable y honorable con la que pretendía defenderse de los yerros cometidos se cayó por completo, al salir ahora con su reto a muerte al abogado colimense Abraham Méndez Palomares.

Con el pretexto de que había ofendido a su señora madre –tema que dejo al margen por ser personal—, el machetero ex diputado local retó a “muerte” a Méndez Palomares para lavar el agravio, como lo hacían en los siglos XVIII y XIX, cuando que esa actitud, además de estar ampliamente superada, sería delictuosa por estar en riesgo una vida humana. Eso debiera saberlo un individuo que supuestamente se dedicaba a elaborar leyes, aunque ya se ve que prefiere violarlas alegremente.

Vale aclarar que Machete Kill Meneses puso entrecomillada la palabra muerte, lo que podría significar que se trataba de una vacilada; pero esa posibilidad está descartada: alguien como el ex diputado ignora esos giros del lenguaje. Más bien entrecomilló la palabra para que resaltara del resto del texto, sin saber que con eso cambió el significado. (Tampoco estaba haciendo una cita textual). En el fondo, el desaforado –no cuenta con fuero— sujeto de esa manera rudimentaria quiso darse a entender. O sea: su reto a muerte es en serio.

La exigencia de un examen mental hubiera evitado muchos problemas con ese peligroso sujeto que, al estilo de la cinta Barry Lyndon (Stanley Kubrick, 1975), trata de arreglar sus diferencias con duelos a muerte (así, sin comillas). Porque si todos dirimieran sus diferencias así en un país donde las mentadas son deporte nacional, hace mucho que se habrían acabado los mexicanos. Pero menos se podría esperar una reacción así, viniendo de un ex diputado que, por lo visto, su principal afición es pasarse la ley por el Arco del Triunfo.

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