…Nosotros: México, el Mercado de la Merced

Por J. Ángel Ramírez López

  • El D.F. de los años setentas.
  • De mi infancia a mi adolescencia

Era 1972 y mi madre y el resto de familia soltera nos fuimos a vivir al entonces Distrito Federal, expulsados por tanta miseria y porque no aguantábamos a mi padre y su mundo de borrachera, ofensas y pleitos familiares, porque además duraba semanas y hasta meses sin aportar dinero, por lo que todos buscamos de alguna manera un oficio para sobrevivir.

Así, unas hermanas se convirtieron en sirvientas, otras en hacedoras de tortillas del comal para vender y otras a lavar y planchar ajeno; los varones hacíamos oficios de mantenimiento de casas, desmontar, limpiar corrales, vender artículos o de campesinos, en busca de algo para comer, vender y sobrevivir. Así que no me gustaría vivir más esa terrible experiencia.

La mejor opción, entonces, era buscar una alternativa en el D.F., donde vivían unas amables tías que seguramente nos darían posada, pero éramos muchos, 10 miembros, para ser exactos, lo que indudablemente haría difícil que un pariente se apiadara de nosotros en su casa. En Colima mi madre empeñó todo y allá vamos, en el ferrocarril de pasajeros.

Al cabo de 24 horas de camino, previo transborde en Guadalajara, seguimos nuestra ruta por Jalisco, Michoacán, Guanajuato, Querétaro, Estado de México y hasta el Distrito Federal, en la estación de la colonia Lindavista, para luego trasladarnos en tres taxis a la casa de nuestros familiares, en la colonia Pantitlán, casi al final de la Avenida Zaragoza.

Por nuestra infancia parecía que llegamos a la luna, a Marte o a los Estados Unidos, pero cuando nuestra tía jodida nos vio nos hizo fuchi; supo que no cabríamos en su casa ni aún siendo generosa. Afortunadamente el destino nos favoreció (no tengo la cultura religiosa para decir que por Dios), porque otra tía pudiente estaba de visita con ella y nos invitó a su casa.

Ella nos prestó aquella pocilga de su corral, una bodega llena de tiliches, que a nosotros nos supo a gloria porque siendo tantos, en una hora quedó habitable y bonita. Y claro, como nadie da paso sin huarache, aún entre parientes, mi madre tendría que trabajar con ella en labores caseras a cambio de la renta, y nosotros buscaríamos trabajo de lo que fuera.

Así conocí el Mercado de la Merced, en el centro de la capital, hasta donde viajábamos a pie unos 22 kilómetros, que a nosotros no nos importaba si no había dinero en nuestro bolsillo ni alimento en nuestra barriga. Ese lugar quedaba por la avenida del mismo nombre, por donde pasaba el tranvía. Éramos cuatro niños que viajábamos por primera vez al centro.

Nunca olvidaré ese mercado, como dijo en su segunda carta de relación Hernán Cortés a la Reina Isabel, La Católica, hablando del mercado de Tenochtitlán: “Era tan grande como no había ninguno que conociera y con tanta gente que no había ninguno tan visitado”. El de La Merced abarcaba una colonia y se vendía como en 100 puestos la misma mercancía.

Y así era, en cada 100 puestos había sólo calabacitas, en otros, ajos, cebollas, tomates, jitomates, chiles, pasillas, semillas, frutas, miel, artesanías, carnes. Nos quedamos atónitos, porque toda una cuadra de las de Colima con artículos de la misma especie, y lo más maravilloso era que habiendo allá tanta gente, era más barato que en el mercado de Colima.

Así era el Mercado de la Merced, de México, que visitamos mucho. A veces en busca de algo tirado para comer, o que alguien nos diera trabajo pelando cebollas o lavando jitomates, lo que muchas veces logramos. Al cabo de seis años regresamos a Colima, con la misma pobreza que como partimos, pues no logramos progresar; no había futuro para tantos.

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