Concierto Político: Historia (no oficial) del crimen en México.

Por Bibiano Moreno Montes de Oca

La serie El Chapo, producida por la cadena Univisión y Netflix, podría considerarse sin problema alguno como la historia no oficial del crimen en México; al menos, por la importancia que el narcotráfico adquirió, al ser elevado a la categoría de asunto de Estado, a partir  de 1985. Y de eso se trata precisamente la historia: del narco y la violencia que se ha generado en el país desde la guerra que se le declaró en 2006.

La historia oficial no podría considerarse a la serie El Chapo: de ser así, tendría que utilizarse el contenido para impartirlo en las escuelas oficiales, pues es un reflejo fiel de lo que ocurrió con el personaje de la historia desde el 85, cuando era uno de los narcos segundones que estaba a las órdenes de Miguel Ángel Félix Gallardo y de Rafael Caro Quintero, quienes se negaban a darle una oportunidad de ascender a patrón y era visto con desprecio por otros conocidos de mayor rango, como los hermanos Avendaño (los Arellano Félix).

En la serie los nombres y los apodos de algunos de los famosos están cambiados, pero apenas disfrazados, aunque hay otros que aparecen tal cual; en especial, el propio Joaquín Guzmán Loera, que es el eje de la trama en las dos temporadas que lleva (la primera, de nueve capítulos; la segunda, de doce), si bien hay otro personaje oscuro, ambiguo, insólito, coprotagonista y antítesis del narcotraficante sinaloense, que es la suma de varios personajes reales con nombre y apellido apenas disimulado: Conrado Sol, por Genaro García Luna.

Por supuesto, la historia no podría ser oficial porque involucra directamente al gobierno mexicano desde los años en los que el narcotráfico llamó la atención de Estados Unidos por la muerte del agente de la DEA, en 1985, por órdenes de Caro Quintero. A partir de esa fecha, el narco se consideró en México como asunto de Estado, justamente en los tiempos en los que El Chapo andaba buscando su oportunidad de ascender en la cadena de mando.

Hay capítulos en los que, en su juventud y ya al servicio de un capo local de su natal Sinaloa, su padre le echa en cara que nunca pasará de ser un empleado al servicio de otros, como lo fue él mismo. Ese desdén de su padre acicatea al joven Joaquín Guzmán, que arriesga su vida al pasar por encima de la autoridad de sus jefes y volar hasta Colombia para tratar de hacer negocios directamente con el capo Pablo Escobar.

Está claro que en todas partes existen las jerarquías; en el gobierno, en el ejército, en la iglesia, en las empresas, etcétera. No es la excepción en el mundo criminal: los jefes sólo tratan con sus pares, no con los gatos segundones o tercerones. El temible Pablo Escobar, atrincherado en una finca campestre, recibe de mala gana a El Chapo y sólo para mandarlo por un tubo. Ahí es donde el mexicano se juega el todo por el todo: ofrece pasar la droga colombiana a Estados Unidos en menos tiempo, lo que logra a pesar de innumerables problemas que surgen en las 48 horas que tiene de plazo para hacerlo.

Si bien logra la hazaña auto impuesta ante el narco de Colombia, El Chapo se encuentra con problemas por su falta de respeto por la autoridad, lo que a la larga le favorece para convertirse en un personaje clave para el gobierno mexicano, al grado de comenzar a trabajar con su bendición, aunque en un afán de tratar de evitar lo más posible las fricciones entre los diferentes cárteles que ya habían surgido por varios puntos del mapa mexicano, intentando crear una federación en la que se repartieran el pastel y nadie saliera perdiendo.

La tal federación siempre fue una utopía: era imposible que se pudiera llegar a “trabajar” en paz, supuestamente respetando las plazas asignadas, pues al final de cuentas no se trata de hombres de negocios (como El Chapo intentaba hacer creer a todo el que se le pusiera enfrente): la violencia se imponía y surgía de inmediato la bestia que llevan dentro.

A este respecto, es conveniente hacer notar que la serie de El Chapo, en sus dos temporadas, recrea en buena medida el contenido  del libro Los señores del narco, de la escritora Anabel Hernández, si bien a ella no se le da ningún crédito, pues los que aparecen como lo creadores son otros: Silvana Aguirre Zegarra y Carlos Contreras. El productor es Daniel Posada. El actor principal que interpreta al capo es Marco de la O, así como Humberto Busto es el otro protagonista, don Conrado Sol.

El personaje de Humberto Busto (Conrado Sol) llama mucho la atención: desde sus inicios en la política, dentro del partido en el poder en ese momento (PRI), tiene bien clara su intención de subir hasta llegar a ser presidente de México, por lo que está dispuesto a “lamerle los huevos” al jefe que le permita ascender en el cargo. Su mayor habilidad es ser pragmático a la hora de las negociaciones, lo que lo hace imprescindible en los gobiernos de Salinas de Gortari y Ernesto Zedillo, pero truncas sus posibilidades con  Fox.

En el nuevo gobierno panista, con una derrota como candidato a diputado federal, Conrado Sol es rechazado olímpicamente por Fox, pero después es llamado para negociar con El Chapo, que por entonces ya era famoso por ser confundido en la balacera del aeropuerto de Guadalajara con el cardenal Posadas. De hecho, aún en el zedillato, el narco ya está encarcelado y tiene planes para fugarse del penal de alta seguridad donde sus celadores son ojetísimos, pero no se diga la segunda en el mando, pues el director es un tipo que sólo veía el aspecto administrativo.

En la primera temporada ya estaba encarcelado El Chapo, pero es hasta la segunda temporada cuando se ve la vida carcelaria por la que tiene que pasar el narco. Cuando ocurre la fuga de un penal  donde la seguridad está mucho más relajada, donde el narco y El Güero Palma se dan vida de lujo, nos enteramos que viola a una de las reclusas antes de huir disfrazado con uniforme de la Secretaría de Seguridad Pública.

El personaje central de la serie no es ningún héroe romántico, como lo pretende ver la ignorante actricilla Kate del Castillo: es un criminal en toda la regla, con el añadido de traidor irredento, aunque él lo califica de “sobrevivencia”. Y es que a base de traiciones es como fue escalando en la jerarquía, si bien es cierto que los ha habido peores; por ejemplo, Beltrán Leyva, tipo paranoico que asesina a los hijos de un empresario sin razón; o bien, Lazcano, el líder de Los Zetas (que en la serie es El Cano, al mando de Los Emes), igualmente despiadado.

Los Arellano Félix (los Avendaño en la serie) también son pintados como sujetos violentos y peligrosos, pero ellos, junto con los líderes de Los Zetas y otros más  (incluido El señor de los cielos), son los que El Chapo va dejando en el camino, ya sea muertos o encarcelados, pero con el apoyo de los gobiernos de los tres niveles. Al final de cuentas, como en la novela El Padrino, el sinaloense tenía en la bolsa a jueces y gobiernos, aunque muy lejos de los valores que sí poseía don Vito Corleone.

La segunda temporada termina cuando El Chapo logra derrotar a sus rivales más acérrimos, Los Zetas, en tiempos de Felipe Calderón, pero está cercana su captura en el gobierno de Peña Nieto. Es posible que de eso trate la tercera temporada, es decir, de su captura, su fuga y su recaptura. Pero será interesante saber qué papel jugaron EPN y Miguel El Chino Chink Osorio Chong en esta serie que es imprescindible para conocer la historia del crimen en México, aunque es obvio que se toma ciertas licencias literarias.

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