. . . N o s o t r o s: El hombre de la tienda casi era Dios

Por J. Ángel Ramirez Lopez

• Los niños desgraciados.
• La casa de los pobres.

Creo que en mi infancia fui uno de los niños más pobres de Colima, por lo que, sólo me pueden rebasar algunos de vecindades, pocilgas y del medio rural, así como casi todos los que vienen a cortar limón, caña y a las actividades agrícolas del sur del país, motivados porque aquí viven mejor al tener casa y salario aunque sea de miseria por ser explotados.

Y digo esto porque cuando estuve en primaria, junto con mis otros siete hermanos (los tres más chicos todavía no nacían, para ser un total de once), nunca me daban dinero para la torta, refresco o la tostadita escolar; ni siquiera había de comer en la casa, pues el fogón estaba vacío y no había ni café. Mi padre trabajaba cada tres meses en chambitas simples.

Mi madre era buena para la costura, por lo que hacía pantalones, faldas, blusas o vestidos en el barrio para sobrevivir, pero en muchas ocasiones la gente no iba por la ropa que le encargaban, y entonces, ante la falta de dinero, nos enviaba con la ropa ya hecha para que nos pagaran y así tener algo de dinero para la comida del día, pero la gente quedaba a deber.

Por esta causa nos íbamos a la primaria sin probar alimento, además había qué pagar 15 centavos para el garrafón de agua, pero éramos como cinco niños que no llevábamos dinero ni para el agua, por lo que no teníamos derecho a esa agua, sino a la de la llave de esa pila en pleno patio de la escuela, además de que llevaba de libreta un pliego de envoltura recortado.

Y a la llegada de la escuela, a las 13 horas, muertos de hambre, pero nada en el fogón, ni siquiera tortillas duras para comerlas con sal; mi madre nos decía, entonces, que nos fuéramos al templo rezar para que se nos quitara el hambre, pero regresábamos del templo con todo y hambre, por eso desde niño empecé a desconfiar de Dios y no tengo la cultura religiosa.

Ante esta ingrata vida mis hermanos y yo nos íbamos al potrero con un puño de sal y tortillas para encontrar algo para comer. Y allá había chopas, iguanas, tolditos, torcacitas y codornices, por los rumbos de La Frontera, es decir, más allá de la Hacienda de El Carmen, en la laguna de Pastores, que era la consolación de nuestra pobreza para mitigar el hambre.

Me acuerdo que ese chico que se sentaba de compañero en mi butaca era la salvación de cada mañana, pues diario le daban una pieza de pan tipo rebanada, por lo que me la ofrecía si le ayudaba con las tareas de Español, Matemáticas, Ciencias Naturales, etcétera, y era cuando yo más cuidado ponía al profesor para ayudar al compañero, a cambio de su pan.

No importaban mis calificaciones, sino comer. Un día pasamos por la tienda de ese señor a pedirle un bolillo duro. Nos preguntó si no nos daban lonche en casa. Le dijimos que no y nos ofreció que fuéramos diario para darnos un bolillo con queso y jugo de chile jalapeño, y al otro día unos 10 de niños formados. Ese hombre era Dios, a pesar de yo no ser católico.

Esas eran mis andanzas en mi vieja y querida Villa de Álvarez, que no llegaba más allá de La Haciendita, al poniente, sino que de ahí en adelante, rumbo a Zacualpan y Juluapan sólo había un camino de terracería lleno de piedras, basura y maleza por los lados. Así éramos los niños de la época; por eso me sensibilizo ver gente tan jodida o peor que en mis tiempos.

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